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Prometeo

 

Por: Juan Carlos Pereda

 
            En el año de 1956, el señor Jaime Benítez, rector de la Universidad de Puerto Rico, humanista de formación, propuso un programa de mejoras en los edificios de la Universidad, con las cuales se habría de enriquecer la vida de la institución y colmar una de las necesidades espirituales de la comunidad universitaria.

            El joven rector Benítez expresó: “El arte, en todas sus expresiones, debe ser un elemento cada vez más importante en la formación del universitario, del hombre puertorriqueño, activo y creador que se busca desarrollar en la Universidad de Puerto Rico, por lo que el programa de tres murales que se realizarán por importantes artistas, será el magnífico comienzo de una nueva fase en el cultivo artístico de nuestros futuros profesionales y líderes de la comunidad”. Esta magnífica iniciativa fue apoyada con generosidad y entusiasmo por el Banco Popular y el Colegio de Ingenieros, Arquitectos y Agrimensores de Puerto Rico.

            El primer artista convocado fue Rufino Tamayo, quien acudió a las instalaciones de la Universidad para conocer los espacios y las condiciones técnicas en las que habría de exhibirse el mural.

            El rector pidió a Tamayo que fuera él mismo quien eligiera el tema. De regreso a México, el pintor se dio a la tarea de buscarlo, “fundamentado en la mística universitaria de un país joven que se está formando cultural y artísticamente”; así nació en su mente la idea de dar cuerpo a una nueva versión de Prometeo, inspirador de la sabiduría humana.

            Para su Prometeo, Tamayo empleó nuevamente la tela de lino y los pigmentos plásticos de secado rápido, y en un tiempo récord de seis meses realizó la gran tela sin colaboración alguna.

            Como siempre, fue voluntad de Tamayo exponer en México el  mural realizado para el extranjero, como lo había hecho siempre que las circunstancias eran favorables. El mural fue exhibido en la ciudad de México por una breve temporada, antes de ser enviado, a su destino. En esta ocasión Prometeo pudo ser apreciado en la galería Proteo, localizada entonces en la calle de Génova.

            Tamayo representó un tema de la mitología griega, el de Prometeo, en el momento en el que la humanidad, hasta entonces condenada a vegetar en la oscura frialdad del limbo, recibe de manos del divino rebelde el fuero sagrado, tras haberlo robado del Olimpo; Prometeo desciende velozmente a la tierra trayendo en las manos el preciado tesoro en forma de llamas que empieza a repartir entre los hombres, a los que Tamayo dio una apariencia arcaica –diría Raquel Tibol—dejando tras de sí el primer amanecer visto por la humanidad.

            El Prometeo de Puerto Rico es un lienzo lleno de contrastes sabiamente armonizados. El dinamismo del cuerpo de Prometeo, cuyas partes anatómicas se desarticulan, formando plásticamente una llama más de la cauda en la que viene envuelto, contrasta con la inmovilidad y la pesadez de los cinco hombres oscuros e impersonales, que están a punto de recibir el fuego. Asimismo el dinámico grupo de llamas y el cielo se visten de un amanecer rojizo, contrastado con las silentes rocas oscuras donde descansa la base estructural de la composición, que es una suave curva en óvalo.

            Una frase de Octavio Paz podría ser aplicada para describir este mural: “Tamayo ha descubierto la vieja fórmula de consagración”.


Pereda, Juan Carlos. Prometeo. 1995. En: Rufino Tamayo, Los murales de Tamayo. 
(p. 120). México. Fundación Olga y Rufino Tamayo.

 Disponible en la Colección de las Artes del Sistema de Bibliotecas (AR 759.972 / T153m).